lunes, 6 de octubre de 2014

Sobre las Revisiones Sistemáticas y los metaanálisis: Una historia de peras y manzanas...

Las revisiones sistemáticas corresponden a una estrategia que se considera fundamental para la Medicina Basada en la Evidencia, pues –al menos en la teoría- permiten tener acceso de manera organizada y metódica a una cantidad de información importante, obtenida a partir de estudios individuales “bien” elaborados (lo que permitiría inferir su calidad) y relevantes sobre un determinado tema para dar respuesta a las preguntas de investigación sobre este, con base en la síntesis de un efecto estimado -estadísticamente plausible-.

Sin embargo, cuanto más tiende una respuesta hacia lo absoluto, más puede alejarse de la realidad. Las revisiones sistemáticas, y en especial los metaanálisis –con el valor agregado del número y la estadística sobre las primeras- constituyen, en no pocas ocasiones, un elemento dogmático dentro de la construcción de un nuevo paradigma de infalibilidad, de respuestas “definitivas”. Cabe anotar que no es éste justamente el espíritu de esta metodología -aunque muy fiable, una más-, pero su enseñanza masiva y la defensa a ultranza de sus principios por parte de muchos que la han acogido de manera doctrinal, podrían alejarnos de la duda sana y del cuestionamiento que permite la falsabilidad (contrastar una teoría intentando refutarla mediante un contraejemplo, http://es.wikipedia.org/wiki/Falsacionismo) de esta herramienta dentro de la epistemología del método científico.

Durante las últimas dos décadas, de forma paralela a la masificación de la MBE y de las revisiones sistemáticas, incluyendo los metaanálisis, como su baluarte, se han hecho aproximaciones críticas que deben ser cuando menos conocidas, si no objeto de reflexión, de los educandos dentro del campo de la epidemiología. En este sentido, me permito recomendar los dos escritos que referencio a continuación, pues ilustran las dos posiciones encontradas de quienes han optado por los extremos respecto de este paradigma.

De acuerdo con Feinstein, profesor de estadística y epidemiología de Yale, en su muy aplaudido, tanto como cuestionado ensayo “Meta-analysis: Statistical Alchemy for The 21st Century”, las revisiones sistemáticas, especialmente los metaanálisis, tienen el “encanto” particular, de dar “significancia”, y por ende validez externa, a estudios que previamente no habían resultado concluyentes o válidos, en relación con el tamaño insuficiente de las muestras. De igual manera, un valor agregado resulta la posibilidad de resolver hipótesis inconclusas, o incluso formular algunas que no hubiesen sido evaluadas previamente. Sin embargo, tales ventajas podrían terminar siendo en realidad aspectos negativos, en los mismos términos, al permitir evadir los requisitos de precisión y reproducibilidad que la metodología rigurosa –o no- de los grupos más pequeños en los estudios originales. Por esta razón, Feinstein consideró que los metaanálisis pueden plantearse como un ejercicio de “alquimia”, al permitir sacar, de nada, algo.

Uno de los cuestionamientos principales tiene que ver con la metodología, que por su enfoque riguroso respecto de los criterios para evitar los sesgos de las publicaciones originales, puede terminar dando a la revisión una orientación a la disponibilidad más que a la calidad de la información per se. Igualmente, se ha planteado la posibilidad de que el procedimiento de selección valore los estudios según su calidad, pero la disparidad de las poblaciones estudiadas y la minucia estadística que las hace diferentes, no sea tenida en cuenta a la hora de establecer comparaciones. De ese análisis se adoptó del lenguaje popular una expresión que ha dado mucho de qué hablar en el contexto de la MBE: “revolver peras con manzanas”…

Este aspecto del problema, ha llevado a plantear que el rol de las revisiones sistemáticas y los metaanálisis, como herramientas básicas de la MBE debe ser repensado en favor del ejercicio clínico particular frente a la diversidad de poblaciones. El promedio de promedios –como plantean los detractores de esta metodología que es el resumen de su formulación en términos estadísticos- puede ser útil a gran escala, como fuente de información para las farmacéuticas o para la formulación de políticas de salud pública, pero puede quedarse corto a la hora de responder preguntas clínicas en escenarios reales, tal cual se supone el ejercicio de la MBE en la práctica médica individual. Igualmente, salvo que se trate de revisiones sistemáticas o metaanálisis orientados puntualmente a aspectos como los síntomas o la calidad de vida, generalmente este tipo de aspectos suelen ser descartados de los resultados de los estudios pequeños a la hora de ser integrados, frente a aquellos más llamativos, como la sobrevida.

Sin desconocer las virtudes de las revisiones sistemáticas y los metaanálisis para la MBE, considero que resulta, no solo necesario sino valioso, reflexionar sobre algunos aspectos que han planteado sus detractores, bien para admitir una crítica sana,  como para profundizar en los aspectos metodológicos que permitan sortear tales obstáculos:
1. Es posible que las clasificaciones en las que se han categorizado los pacientes para el metaanálisis, por ejemplo por la localización anatómica de un tumor, puedan resultar demasiado gruesas para mis pacientes?
2. El análisis de los aspectos relevantes del estudio es multivariado, de forma que se alimente a partir de este una validación multifactorial de los resultados?
3. La variedad de validaciones estadísticas y de exposiciones de los resultados, permite que la información  resulte útil y aplicable a la hora de aterrizar estos en mis pacientes? Quién quiere 1,5 años más de sobrevida con un melanoma  maligno metastásico y sintomático (como ofrecen los metaanálisis con nilotinib)? Quién quiere ser “uno” de los 100 pacientes a tratar para un NNT?
4. Subestimar las diferencias estadísticas entre las poblaciones de los estudios utilizados para un metaanálisis puede producir una falsa ilusión para una mayoría, podría la generalización no resultar satisfactoria cuando las muestras son heterogéneas?
5. Tendrá una implicación negativa en el “apetito” de los investigadores, tener respuestas “definitivas” a expensas de metananálisis sobre temas controversiales?
6. Estaremos revolviendo estudios “buenos” con estudios “malos” solo porque los números lo hacen posible? Cómo podemos evitarlo si la orientación de “calidad” se define en términos de lo metodológico?
7. Es posible que esta avalancha de “evidencia” genere un sesgo a la hora de socializar precozmente la información que paulatinamente va poniéndose al servicio de la ciencia?
8. Somos conscientes de que la combinación de estudios no es mejor que un ensayo clínico igual de grande?
Considero que aprender sobre MBE a la luz de estos, y muchos otros interrogantes que pudieran plantearse, genera un valor agregado para los futuros investigadores y epidemiólogos.


REFERENCIAS

Feinstein A. META-ANALYSIS: STATISTICAL ALCHEMY FOR THE 21ST CENTURY. J Clin Epidemiol. UK, 1995 Jan; 48(1):71-9.

Moayyedi P. Meta-analysis: Can we mix apples and oranges? Am J Gastroenterol. Boston, 2004 Dec; 99(12):2297-301.

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